Se ha velado el carrete
de nuestro pasado
mientras tú me hablas
de volver a intentarlo.
Ya conocemos ese país
gobernado por el rencor
al que no debemos volver nunca,
le hicimos una declaración de principios al invierno
y enterramos nuestras heridas
en el tímido adiós de una despedida ficticia.
Sabemos que la felicidad
siempre corría en otra dirección,
tal vez porque estallamos cien mil veces
en todas las esquinas
de cada malentendido.
Vivimos durante meses
cambiando de estación cada semana,
pasando página sin arreglar los desperfectos,
dejando sin saldo al porvenir.
No sé de qué manera entraste
porque yo no abrí ninguna puerta,
Mis candados estaban cerrados
y aunque en mi memoria
hacía menos frío que en tu vida
derretiste con tu vientre
el iceberg de mi cama.
Me cacheaste el alma con la mirada
y con las manos en voz baja
me quitaste de encima la tristeza.
Desde que te conozco tengo alas
porque tú me ensañaste cómo usarlas. -Diego Ojeda
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